Lo efímero

Siempre hacías lo mismo. Llegabas como una apisonadora, me besabas como diciendo no podía más, y nuestra respiración agitada se acompasaba por momentos. Después, con toda la calma que solo tienen las personas que lo han perdido todo en algún momento, me preguntabas cómo me había ido el día.

Y me acuerdo de ese día porque fue el último. Era un jueves de otoño bastante frío. Tú estabas tumbado en el sofá con mil interrogantes en los ojos, buscando respuestas que yo no te sabía dar. Sonaba “Mi mitad”, de canciones de nadie. Me hizo gracia porque siempre que nos encontrábamos en un momento tenso, o intenso, sonaba. Y entonces lo solté todo. Te dije que, desde que empezamos a vernos, sabía que lo nuestro tenía fecha de caducidad. Y que tú, en el fondo, también, aunque nunca quisiste aceptarlo. Entonces me miraste con la mirada más fría de toda tu colección, y me dijiste que te ibas. La verdad es que en ese momento me hubiera lanzado sobre ti, como todas las veces anteriores, y te hubiera abrazado fuerte para impedirte que te fueras. Pero me hubiera engañado a mi misma, una vez más. Así que solo me limité a dejarte ir. Te levantaste y, desde el resquicio de la puerta, pude ver cómo tu mirada fría se había transformado y cómo ahora, unos ojos negros como el carbón me miraban desde la soledad. Ni si quiera me levanté, miré hacia la ventana y sé que desapareciste porque escuché tus pasos alejándose. Cerraste la puerta y me dí cuenta de que todos los finales llegan con algún ruido.

Y a mí, esa noche, me dio por pensar que, hay personas que no vienen para quedarse. Suelen ser personas que pasan por tu vida, con toda su mochila, que aterrizan como pueden, medio rotos, medio vivos, y que se lo llevan todo por delante. Como un huracán. Pero también te dejan retazos preciosos, recuerdos que se quedan en los recovecos de tu mente, a los que puedes acudir cuando la tristeza te alcanza. Me gusta pensar que tú eras una de esas personas, y que viniste para marcharte.

Creo que, cuando somos conscientes de la finitud de las cosas, podemos llegar a vivirlas con una intensidad diferente. Yo te recorrí con aquella intensidad que merecen los cuerpos nuevos, los versos distintos, las miradas fugaces. Y la supe disfrutar. Disfrutamos de lo nuestro aunque lo nuestro empezó un poco roto y un poco torpe. Siempre me decías que éramos las personas correctas en el momento equivocado. Nunca he creído en estas cosas. Sin embargo, ahora que te echo de menos, me gusta acudir a esos recovecos de mi mente, y pensar que a veces lo efímero es lo más bello. Y lo efímero, como las despedidas, también hace ruido, aunque ese ruido ya no tenga eco.

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