Aquí y ahora

“Todo pasa por algo”, me dice absorto, justo después de dejar atrás la pareja. Un torrente de sensaciones contradictorias invade mi cuerpo, una risa histérica se aloja en mi mandíbula y explota rompiendo en mitad de la noche, disipando el ruido vacilante de los coches en plena Vía Augusta.

No sé si quiero reírme de la vida y sus antojos, si llorar, gritar, emborracharme o desaparecer, quizás reír de rabia, cerrar los ojos, darle un beso, irme lejos, tocarle cerca.

El puerto nos recibe con esa calma y olor característico a sal marina y la brisa me arrebata el sueño que minutos antes se había alojado en mis pestañas.

Te juro que no sé cómo sentirme, sólo quiero entender lo incomprensible, lo que acababa de pasar, tú con ella, yo con él, y al cruzarme contigo la imagen de nosotros justo la noche anterior, ese beso explotando en nuestras bocas e hiriéndome el alma, el que me acerca al lugar del que siempre he querido huir, tus manos, el tacto, tu roce, mis miradas esquivas que no dejaban de buscarte, las contradicciones, los recuerdos haciendo ruido, la pena resiguiendo mis ojos, tú queriéndome tuya por una noche.

Y me pregunto qué haces de la mano de alguien a quién no amas. Qué haces entregando tu última noche en la ciudad a un corazón que te quiere pero que jamás te tendrá.

Qué haces mirándome desde el otro lado, queriendo cruzar las sábanas de mi cama. Queriendo besar mis noches. No me creo que quieras estar al otro lado. “¿Por qué me miras así? Sabes que este era el trato”.

Y entonces me alegro de no haber dormido contigo la noche anterior; y una sonrisa a medio gas se ilumina en mi rostro.

Todo esto se cruza en mi mente en el preciso instante en que nos cruzamos, y me veo reflejada en nuestras miradas de sorpresa, de “no puede ser”, tu mirándolo a él, yo mirándola a ella, un abismo entre nosotros, el recuerdo de la noche anterior que aún quema, un atisbo de nervios salpicando tu sonrisa.

Tu falsa indiferencia intenta golpearme, pero yo la esquivo, “Ya hablaremos”, susurras entre dientes con deliberada naturalidad y el panorama escrito en los ojos, “Sí”, te contesto, nos largamos y el mundo se hace un poco más raro, la ciudad que siento tan mía deja de acogerme.

Llegamos a casa y él me pregunta qué pasa, por qué me ha cambiado el mirar, dónde estoy, tan lejos de aquella habitación con suelo a rallas, y me invento que el día se me ha hecho largo, que tengo que lavar mil platos, que se me ha quemado la casa, qué se yo.

Me mira… me mira y me hace callar sin hablar. Pregunto en voz alta qué coño tengo que hacer, y me responde que nada… que tengo que vivir… que esa es la respuesta.

Se acerca y nos desvestimos, la ropa cae y arrastra consigo una tonelada de tristeza, te beso con rabia, te follo con rabia, quiero llorar y gritar, pero no lo hago, me trago las lágrimas y escupo la rabia con los ojos, aprietas tu cuerpo contra el mío y nos dormimos, a 10km el uno del otro. Y me rompo de veras.

L’antiga fàbrica

Et recordo a la nit més estranya i especial de l’any, una vesprada de Sant Jordi en una Barcelona vestida de festa, de roses i llibres condensats als carrers elegants i turístics de la ciutat.

Et recordo a la barra d’una festa amb tonalitat agredolça, banyada per paradoxes de la nit i records fent trontollar mons.

Només et vaig veure riure que ja estàvem parlant, el cel va començar a amagar-se i la nit començava a caure sobre nostre, teníem cerveses a la mà i una història al darrere que no explicaríem a l’altre, tan sols algunes hores de confessions a un desconegut i una mica d’alcohol trampejant amb les nostres resistències, em van caldre per riure fort i deixar d’escoltar el soroll que em recordava, que, en certa manera, tots estem trencats.

El que passa és que alguns deixen passar la llum per les escletxes i d’altres no.

Començaven a espantar-se els fantasmes que feia dies s’escolaven rere les finestres per on hagués volgut saltar i començar a lliscar cel amunt -o potser caure, encara no ho sé, deixa’m ballar amb el dubte-.

Les pors es dissipaven, agafaven distància, una drecera per on perdre’s una bona estona i no tornar fins l’endemà, amb ressaca emocional inclosa.

Vam acabar sopant a casa de coneguts i desconeguts a parts iguals, recordo fumar-nos les pors d’una revolada al començar a compartir experiències i anècdotes que ens allunyaven d’allò del que, cadascú per la seva banda, fugia, lluny del dilluns del dia següent, de la rutina, dels abismes on no volíem tornar a caure.

Recordo els riures de la gent de fons, el bon rotllo i les cares de son que començaven a eclipsar els arravataments d’energia inicial, la son a les parpelles, tu mirant-me a través de la gent, jo mirant-te a través del fum, el rellotge, el mòbil que no parava de sonar, les ampolles d’alcohol, el pis a les rambles, les cançons escolant-se per les escletxes…

Què hi pintàvem? Ens veig des de fora, un periodista i una psicòloga sense res a dir-se ni tampoc res a perdre, tu buscaves històries i jo te les explicava, ens menjàvem el cel amb els ulls estirats en una teulada qualsevol, amb el món a l’esquena i un petó als llavis a punt d’esclatar sense acabar de fer-ho, fins que…

La nit va acabar de caure i vam decidir tancar els ulls i no preguntar-nos per què.

Amb la raó guardada a la butxaca i una motxilla de coses sense sentit allotjada als ulls, em vas fer riure, et vaig fer un petó i vaig deixar-me caure sobre tu, observant la ciutat que tant m’havia donat i que, un cop més, s’estenia sota els meus peus, entenent que les coses passen i res més, que la vida passa i tot més.

Las reglas del juego

No sé cuánto tiempo habrá pasado, mis manos son incapaces de contar los minutos que se han ido escurriendo uno a uno desde que me fui, haciendo ruido al principio y dejando un rastro inapreciable después. Hemos hecho nuestra vida, te has inventado una manera de no buscarme, y yo he trampeado con tus peros, aquellos que me dejaron viviendo en un quizás.

He hecho las maletas para regresar, he contado los besos en otras bocas, buscando la tuya con el corazón a tientas, los ojos abiertos y los puños cerrados. Con la rabia del que mira alejarse lo que ha odiado y amado al mismo tiempo.

He escuchado tu risa a lo lejos mientras centraba mi cabeza loca en otras cosas, y todas y cada una de ellas me devolvían a mí misma, me encerraban en un paréntesis que llegué a amar para después soltarme en un vacío dónde seguía habitando tu eco.

Tu recuerdo dejó de hacer ruido, solo los días grises permitía que me habitara, le cedía el paso, bajaba las armas. La guerra había acabado antes de alzar la bandera blanca. Dejó de dolerme, y como una segunda piel se convirtió en los restos de un naufragio, dónde gritábamos más que callábamos y dónde nunca quise aprender a nadar.

Los días en que quedábamos para hablar -nunca había nada que hablar- se volvieron en excusas en las que follábamos sin pensar en antes ni en después, en los que por dentro deploraba mientras por fuera ardía, te deseaba siempre cerca y siempre lejos, como un péndulo que me oprime y me libera al mismo tiempo.

Nos deseábamos más que siempre y nos queríamos menos que nunca, con el placer como pretexto llegabas a mi vida para desgastar mis entrañas, ardíamos en un calor que acabó por quemarnos, y yo miraba bailar las flamas al ritmo en que nuestros cuerpos desfallecían.

Te recuerdo mirándome sentada en la encimera, fumándome la vida un martes cualquiera. Te reías porque nunca me había gustado fumar, y tosía fuerte de nostalgia. Luego salíamos y la lluvia resbalaba por nuestros párpados, nos congelábamos y volvíamos a comernos sin excusa ni pretexto.

Me recuerdas desnuda en tu cama, con los ojos de café, rindiéndome a mis impulsos. Nos recuerdo de cerca, siempre de cerca, respirando las historias del otro que nunca quisimos escuchar. Eras mi vía de escape y mi tentación sin treguas, y yo me ahogaba como se ahoga una flor que no puede vivir sin tormenta.

Como una mecha que se encendía con una mirada fija, la tuya, jugabas a cazar mis ausencias, hasta que conectábamos y volvíamos al camino sin salida. Dejamos de pensar que hacíamos el amor, para entender que follábamos, como dos cuerpos que se atraen mientras sus almas se repelen, como un juego en que conoces las jodidas reglas, pero donde no puedes aplicar ninguna.

Y se terminó como llegó, jodidamente rápido, tiernamente nuestro.

Tu piel, tu jersey, olían a jabón. Y ese aroma… me trasladó a los calurosos días de verano en el pueblo, cuando ayudaba a mi abuela a lavar las prendas con aquel jabón de marsella que hacía ella misma a mano; recuerdo sumergir las piezas de tela en el agua espumosa y ese aroma desprendiéndose del algodón, dejándome las manos limpias y frescas como agua de rocío.

Estaba sumergida en estos pensamientos, cuando de pronto noté tu mano acariciándome la nuca, y tu cuerpo respirando a tocar del mío.

Intenté inspirar ese aroma de recuerdo que tan poco tenía que ver con la situación en la que me encontraba ahora, transportándome unos instantes en aquellos días interminables en bicicleta, explorando lo que otros chavales habían explorado años atrás, creyéndonos que el mundo nos pertenecía solo por haber aterrizado en él.

Recuerdo a nuestra abuela, esperándonos para comer, y después adelantar el reloj para ir antes a la piscina sin que ella se diera cuenta. Teníamos 10 años. Más tarde, con 13 y la cabeza llena de pájaros revoloteando, perdidos pero felices en nuestra inocencia, descubrimos el amor y las primeras angustias, el primer dolor y las primeras preguntas sin respuesta.

Nos zambullíamos en las aguas de la incertidumbre buscando aventuras en los portales, en las noches calurosas y en las charlas hasta altas horas de la madrugada con los chicos y chicas del pueblo.

Aterrizo de nuevo y te veo, te cazo mirándome, con los ojos entreabiertos acercándote a mi boca. Vuelvo a sentir ese olor a jabón y tu piel suave se deja deslizar entre mis dedos, que juegan a conocerte como si aún tuviéramos 13 años.

Le Standard

Entramos en el bar y el calor que albergan sus paredes nos acoge, el terciopelo de sus muebles nos acaricia la nuca y tú quieres que nos sentemos cerca, lo justo para no tocarnos, lo necesario para desearlo.

El alcohol de las primeras copas nos enmudece las penas y nos llama a hablar del goce, de la vida y de sus repentinas salidas. Me miras reír y yo me pregunto qué estamos haciendo con nosotros y con ninguno, con los otros y con los que vendrán.

La conversación nos lleva a hablar del amor, no el amor que sólo aparece en las películas y en los sueños de un adolescente, sino el amor que conocemos, el que hemos tocado y del que hemos huido alguna vez. Me dices que el amor dura lo que duran las coses terrestres, es decir, un tiempo limitado; que luego vienen otras cosas, que la fidelidad tiene fecha de caducidad. Que amor y sexo son cosas tan diferentes como tú y como yo.

Intento esquivar tus palabras, pero me golpean. Supongo que en realidad lo que me golpea es pensar en cierto modo como tú, o no saber qué es el amor en realidad, no creerme lo que nos han vendido desde niños, pero, sin embargo, no encontrar respuestas a lo que me sacude por dentro mientras deshace todos los nudos de la razón. No encontrar una alternativa a la mentira que nos contaron.

Pero te escucho y dejo que tu voz choque contra mis manos y explote con rabia contra mi pecho, doy un trago, cierro los ojos, dejo que hables y ya no opongo resistencia, total, quizás es la última noche que compartimos algo más que una copa…

El dolor de mi niña interior emerge y una niña que no supo llorar en su día habla por mí, y te contesta que quizás no sé qué es el amor, pero sí el respeto, el querer a una persona por encima de las demás, que qué tendrá que ver el sexo con todo esto, que qué tendrá que ver que te puedan atraer otras persones, que qué tendrá que ver… y siento en mis adentros que el que lo vea de otra forma no tiene cabida en mi universo…

Entramos en una discusión que se disuelve poco a poco con las gotas de alcohol, el sueño sobre nuestras cabezas y el ceder, el escuchar y el abrir un poco la mente. Quizás hayamos llegado a un punto en común. O no…

Salimos y la noche nos recibe con un frío húmedo que se cala en los huesos y nos invita a acercarnos. Quiero emborracharme de ti, pero como siempre, siento que no debo hacerlo, y una mezcla de rabia y amor propio me sacude, y entre besos volvemos a casa preguntándonos por qué hace tanto frío fuera.

M(s)ientes

Sólo quiero que arranques el coche y te deshagas de todos los trozos que no supimos juntar en el camino, de todas las grietas por donde ya no entraba más luz.

Quiero que la niebla de la noche nos congele el corazón y nos hiele las heridas, que el frío se cuele por dónde quiera, que apagues las luces, que te preguntes qué haces aquí conmigo un sábado de nieve, qué haces en un coche con una chica vestida de rojo.

Quiero que deshagas las horas como si fuesen un nudo que me aprieta las muñecas, y que sin darte cuenta te veas bailando en mitad de cualquier calle, en cualquier ciudad.
Quiero decirte adiós sin mirarte a los ojos.

Quiero que el miedo llame a la puerta y se rompa a pedazos antes de abrir. Quiero que el coraje me invite a bailar.

Quiero contarte, que le puse a diciembre tu nombre. Que no escuché el chasquido de tus dedos al torcerme los esquemas.

Quiero confesarte que pinto flores para que así no mueran. Que eres un reloj sin pilas, un impulso sin remedio, una razón para no quedarme.

Quiero entender por qué quedarse en un lugar es marcharse de todos los demás. Quiero que reconozcas que m(s)ientes. Quiero que te preguntes a qué estás esperando para dejar de esperar.

Pero tú no esperas y me sueltas que ahora hay que vivir hasta quemarse. Y yo quiero que tenga sentido el quedarme. Y me busco y aquí no me encuentro. Y sólo quiero no arrepentirme de haberme marchado sin decirte adiós.

 

LC©

 

 

Dime de dónde sale el frío

Dime de dónde sale el frío, cuánto hace que el otoño caducó para dar paso al invierno, qué sueñas, ¿por qué sueñas?

Dime qué te hace temblar, ¿qué te deja sin aliento? ¿Qué te da oxígeno? Cuéntame quién ha cambiado las calles de sitio, por qué la ciudad hoy viste de gris. Dime quién se inventaba los cuentos para que duermieras, dime por qué te enfadabas con tu orgullo. Dime qué haces un domingo, por qué te levantas los lunes, quién te llama los jueves.

Cuéntame por qué lloraste de rabia la última vez. Por qué las hojas suenan al pisarlas y romperse, por qué el otoño ha dejado tantas deutas pendientes y tantas huellas ausentes. Quién te mira cuando cierras los ojos, cuánto hace que no gritas de alegría, que no muerdes de rabia.

Dime quién te cambió los guiones, quien movió los miedos de sitio y los puso en la estantería más alta para que no los alcanzaras. Quien traspapeló tus recuerdos. Cuándo tuviste la certeza de que todo iría bien. Dime cómo te ha cambiado el tiempo, quién ha atrapado tu risa al vuelo, cuéntame cómo descuelgas las ganas de verme. ¿Quién despeja tus entrañas? ¿Quien sacude tu inocencia?

Cuenta las almohadas en las que no has dormido, y réstale los sueños atrapados en ellas. Explícame a quién le guardas los secretos y por qué no has desvelado ninguno aún. Por qué te vistes y desvistes desganada ante un cuerpo que no deseas. Quién te roba el tiempo, quién congela tus segundos, a quién escuchas cuando sólo quieres gritar. ¿Quién te besa las heridas? ¿Quién juega para dejarte perder?

Cuéntame cuánto hace que esperas que todo vuelva, sin dejar que nada llegue.
Dime… en qué crees, más allá de este frío invierno.

Noviembre

Te acordarás más de quien te hizo daño que de quien te hizo feliz, me dices mientras exhalas el humo del último cigarrillo. Tienes la mirada fija en las olas rompiendo contra las rocas, y el aire con aroma de sal lleva escrito un recuerdo. Es de noche y ya no recuerdo que hora es, ni tu tampoco. Tu frase me hace reflexionar. Hace tanto tiempo que estoy harta de tantas cosas… que ya no sé cuánto hace que aguanto. Y estoy harta de aguantar.

Cogería cualquier tren y me iría lejos, a cualquier parte dónde los nombres de las cosas que aquí pesan no pudieran escribirse. Donde las paredes fuesen blancas y estuvieran aún por pintar, un salón por estrenar. Ahí empezaría de nuevo, me cambiaría de número para que no me encontrasen, buscaría la manera de volver a conocerme. Sería un lugar donde los fantasmas del pasado no tendrían forma de llegar. Me compraría unas botas rojas de agua, porque sería un sitio donde llovería mucho. Esos días me quedaría en casa con una manta enorme y una taza de chocolate caliente. Pondría la música a todo volumen y sólo se escucharían los pájaros de noviembre repicoteando contra la ventana.

Escaparía y no me encontraríais… “Yo si quieres te acompaño”, me dices con los ojos divertidos. Ahí seríamos tan felices que la frase que te he dicho se evaporaría entre las paredes blancas.

Foto: On the Road ©

Me gustan las personas…

Me gustan las personas que hablan de todo y de nada a la vez, que apuestan sin ases en la manga, que saben que lo bueno, hay que ir a buscarlo, que se equivocan, que no dejan de pelear, que también se rompen a pedazos.

Que te descubren la ciudad un noviembre gris, con encanto incluido, que te seducen con un gesto espontáneo, con una sonrisa pícara que pica, que pisan la lluvia, que pisan los bares, que pisan fuerte y caen con ruido.

Que albergan una pasión en los ojos, que la viven con el cuerpo, que te sacuden el alma un viernes por la noche, que te sacuden los miedos y te rompen los esquemas establecidos, que aprenden de los niños y de los viejos, que saben que no saben nada todavía. Sí, esas que tienen la ilusión de un niño y la valentía del que sabe que si no haces nada, ya has perdido.

Que se toman el café a sorbos y no se pierden nada, que no tienen tiempo para las prisas, que perdieron mil batallas y aún siguen batallando, que fuman en terrazas ajenas, que deshojan margaritas sin buscar te quieros, que no mendigan amor.

Que hacen magia con la mirada, que lloran cuando duele, la gente que está loca de atar, pero que esconden una locura dulce, la gente que no pide disculpas pero que siente mucho, las personas que juegan, que bailan, que gritan, que no miran desde el otro lado, que son pratagonistas de su propia película… esa es la gente que vale la pena vivir

 

Foto: mamiverse.com ©

Barcelona Nit

Em recolzo a la part de darrere de la moto. Noto els cabells lliures fins baix; al principi, quan ens vam conèixer, només arribaven a les espatlles. Me n’adono aíxi del temps que fa…

Arrenques i la moto surt amb una embranzida. Tanco els ulls i l’aire de Barcelona em refresca la cara, se’m gelen les galtes. Recorrem el port, que ens explica històries de turistes i barcelonins que s’acaben de conèixer. Amors perduts i gent trencada. Una ciutat que brilla.

Mai he sigut gaire d’agafar-me a tu mentre condueixes, la vritat. T’atures al semàfor i acosto les mans al teu coll, llisquen per l’esquena gairebé fins la cintura. M’agafes les cames i noto una carícia fugaç, moment en què el semàfor es tenyeix de verd.

La nit ens refresca, m’acosta a tu, i jo, entestada com sempre en no cedir del tot, en contar els mil·límetres i mantenir les formes, en no deixar-me endur al lloc on no sé si vull arribar. Em resisteixo però les ganes m’empenyen i el desig em tempta, tanteja el seu terreny. El terreny que li amago reccelosa. Cada cop costa més ensinistrar el sentit comú i dotar-li de poder.

Quina part de tu guanya? La que més alimentis…

El problema és que no sé quina vull que guanyi. Potser és que sóc massa impacient? Sempre buscant l’equilibri t’acabes perdent… no pots buscar l’equilibri agafant-te als extrems, donant-ho tot ho res, acceptant-ho tot o res. Joder. Potser per això em vaig tattuar un trisquel. Com si la tinta a la pell et conduís on sempre has volgut arribar. Il·lusa.

Potser la vida és un joc només pels qui saben jugar amb contrastos, per qui pinta amb ells una història que valgui la pena llegir.

El motor i l’accelerada trenquen els meus pensaments i torno a tancar els ulls, m’endinso en una nit desconeguda que em retorna a tu, al joc que encara no he après a jugar, on el punt mig em neguiteja mentre els extrems cremen a banda i banda i em conviden a caure…

 

 

Foto: Pel·lícula “Barcelona Nit d’Hivern”