Laura y el silencio

Cuando la miré, ya hacía tiempo que no hablaba. Parecía haber enmudecido. Su sonrisa espontánea de siempre, se había apagado. Su pelo del color de la paja, había perdido fuerza, y yo no podía evitar sentir un nudo en la garganta que me impedía hablar.

Un silencio eterno y demoledor, casi asfixiante, nos sobrevolaba y nos acariciaba la nuca. Sentía el frío en el cogote, y una tristeza debajo de toda la ropa.

La seguí mirando. Su mirada jovial ahora quedaba muy lejos, y en lugar de ella, un interrogante escrito en sus ojos me preguntaba cuanto tiempo hacía que yo era en aquella sala.

Bajo esos ojos grises y enormes, se apreciaban unas ojeras que me anunciaban decenas de días sin dormir.

No hacía falta que verbalizara nada, pues la entendía sin que fuera necesario usar las palabras. Y esas palabras me decían que no quería estar allí, que anhelaba volver a casa. “Te echo de menos”, susurré casi sin fuerza.

Entonces, sin querer mirarle a los ojos impedida por la pena, detuve mi mirada en la bata de la clínica que llevaba. Impoluta y blanca como el color de su rostro, le cogí la mano. “Pronto volveremos a casa”, conseguí pronunciar.

Y otra vez, el silencio.

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